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Voluntariado en Turkana: tres semanas más tarde

 

 

Después de tres semanas compartiendo con las misioneras, otros visitantes, los niños y niñas, mujeres y adultos de la Comunidad, las voluntarias volvieron a España, convencidas de que es mucho lo que se hace, pero aun más lo que queda por hacer. 



A finales de julio, tras más de 12 horas de viaje desde Madrid hasta Nairobi –parando en Estambul–, otras 12 horas de espera en el aeropuerto, y 2 horas de avión a Lodwar, capital del condado de Turkana, a las chicas la esperaba un trayecto de 4 horas en coche con John, un conductor de confianza de las misioneras. Parecía que no iban a ninguna parte, se hizo de noche y los caminos parecían no existir. Finalmente hacia las 21h del viernes las chicas llegaron a la misión de la MCSPA en Kokuselei.

 

Allí las esperaban Cecilia, Eleni y Rocio, tres de las 5 misioneras que día a día están allí trabajando por todas las personas de la zona en ámbitos de salud, educación, agua, agricultura… junto a ellas estaban otras 6 voluntarias españolas.

 

La zona las recibía con cortas lluvias esporádicas que hacían que el valle de Kokuselei fuera muy diferente a lo habitual: los árboles estaban verdes, a las piedras las acompañan pequeñas plantas en el suelo, eso sí, todas ellas llenas de pinchos. Las misioneras les explicaban que tenían mucha suerte, que normalmente el paisaje es un poco más marrón, sin que deje de ser bello por eso.

 

 

 


Los primeros días fueron intensos, alguno más que otro, con experiencias que sin duda ninguna había vivido. Las actividades que realizaron incluyeron:

 

  • ·        Visitas a personas mayores, del programa de atención que tiene la MCSPA en la zona; mensualmente se les visita, proporcionándoles alimentos para un mes e indagando sobre su estado de salud. En estas visitas las voluntarias vieron de cerca el modo de vida de los Turkana.

 

 

  • ·        Visita a presas en construcción o ya finalizadas y pozos. En concreto pudieron ver el proceso de contrucción de una presa. Akine, el encargado de la construcción, les contó alegremente el proceso de construcción, y pudieron ser testigos de cómo hombres y mujeres turkana trabajan juntos en este tipo de construcciones, algo antes inimaginable en la zona. Las voluntarias tuvieron además la oportunidad de bañarse en una de las presas de piedra: fuentes de agua para el consumo humano y de animales, infraestructuras indispensables en la zona que aseguran el abastecimiento de agua por periodos superiores a 3 años según su capacidad.

 

Hombres y mujeres cargando piedras necesarias para construir la presa.

 

 

 

 

Pudieron también asistir a la inauguración del pozo de la Comunidad de Keapat: una celebración que inició con una Misa al estilo Turkana: bajo un árbol, con cánticos y danzas tradicionales a las que se sumó el sacerdote, y finalizó con una comida especial con carne de cabra.

 

  

 

 

 

  • ·        Acompañamiento a niños de primaria en sus tardes libres, jugando con ellos, sobre todo en el KONOKONO, un centro comunitario diseñado y construido por el arquitecto José Selgas y sus alumnos del Massachusetts Institute of Technology  (MIT). Las misioneras compartieron con las voluntarias sus anécdotas sobre todo el proceso de diseño y construcción, que no las dejaron indiferentes y pudieron comprobar la frescura del centro.

 

  • ·      Apoyo en la Clínica móvil que desde el dispensario de Kokuselei visita una vez al mes a cada una de las comunidades. Las voluntarias apoyaron el proceso de vacunación  y seguimiento del estado de salud y nutrición de todos los niños. A las mujeres embarazadas también se les hace un especial seguimiento para que ella y su bebé estén sanos. 
 La clínica móvil puede tener lugar en una de las guarderías o bien debajo de un árbol cuyas ramas además de brindar frescura sirve de soporte para la balanza de los niños. La bondad de John, el enfermero, no dejó indiferente a ninguna: lleva 24 años trabajando con la MCSPA en Turkana, conoce a la perfección el tipo de enfermedades que pueden sufrir las personas en Turkana, no en vano las misioneras aseguraban que antes que ir a cualquier lugar van a donde John si se sienten mal.

 

 

 

 

 

  • ·        Finalmente, las voluntarias dedicaron gran parte del tiempo visitando las guarderías que atienden cada día a alrededor de 800 niños en la zona. Cada una era especial: algunas, como la de Kokuselei, Kabosan y Ebur tienen aulas y duchas construidas con cemento; Kokuselei tiene además una cocina y almacén; otras, como la de Kalomeu Up y Ngameriek tienen sombras construidas con materiales locales. Aquello que todas tienen en común es la alegría de los niños y el compromiso del comité de madres y padres quienes duchan y dan de comer a los niños todos los días. Las voluntarias pudieron conocer a algunas de estas mujeres y hombre: Paulina y Rebeca de la Unidad Nutricional de Ebur fueron sus preferidas.  

 

 

En las guarderías apoyaron a las mujeres encargadas duchando a los niños y ayudándoles a repartir el desayuno y comida.

 

 

 

 

También jugaban, cantaban y corrían con los niños, robando un poco de su alegría y emoción.


 

 

·        Además, las voluntarias ayudaron a pintar dos murales, uno en la Unidad Nutricional de Kabosan y otro en Ebur. Para el de Kabosan tuvieron la ayuda de Paul, un chico de primaria que, en sus palabras, tiene un “talento” para el arte: sin ningún tipo de instrucción, guía o formación artística, este chico puede dibujar con gran detalle y precisión personas, animales y paisajes.

 

Voluntarias junto a niños de la misión con el mural de Kabosan terminado (Paul de rojo en la fila de abajo).

Voluntarias pintando el mural en Ebur. 

 

 

En cada una de las guarderías visitadas, las voluntarias pudieron proporcionar los VASOS DE LECHE que gracias al apoyo de cientos de personas en España se pudieron comprar para complementar la alimentación de estos niños. Se recaudaron un total de 11.000 que servirán para que los 800 niños puedan crecer más sanos y fuertes, preparándoles para la vida en Turkana, llena de emociones, de las que Julia, María, Cristina y Alejandra fueron testigo.

 

 

 

 


Después de tres semanas compartiendo con las  misioneras, otros visitantes, los niños y niñas, las mujeres y adultos de la comunidad, las voluntarias volvieron a España, repitiendo las casi 40 horas de viaje desde Kokuselei hasta Madrid, y luego cada una a un destino particular, una a Cordoba, otra a Canarias y otra a Pamplona, solo una tuvo la suerte de que su viaje terminara en Madrid.

 

Horas de conversaciones; algunos disgustos con las letrinas; el brote de malaria que hasta ahora se puede decir que todas lograron evitar gracias al kit antimalaria: malarone, relec y mosquitera; experiencias y experimentos gastronómicos gracias a la producción de frutas y verduras en la Misión; momentos de incertidumbre en los coches sobre la arena y algunos rayones en los brazos y sustos causadas por las ramas de los árboles en el coche en marcha; las manchas de pintura semi eternas en brazos y piernas; los llantos de los  niños más pequeños, el pis de uno de ellos en Julia el primer día; las risas de los niños y las mujeres; las mañanas de trabajo y las tardes de juegos; los viajes a la Misión de Nariokotome; el cine de verano bajo las estrellas de los domingo y lunes; el baño en el lago turkana; las cabras, camellos y burros; las celebraciones nocturnas de los turkana vecinos de la Misión… son todo recuerdos que todas las chicas se han traído de vuelta a casa, convencidas de que es mucho lo que se hace, pero aún más lo que queda por hacer.
 

 

 

 

 






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